miércoles 25 de noviembre de 2009

Fragmentos de una deuda

Hoy es un día de soledades, Sabi, y las he visto caminado, lentas, con el chaquetón ajustado al cuello como si en realidad hiciera frío en un día que no es más que un día corriente, de esos que nos abandonan sin darnos tiempo a calibrar su temperatura. Pero hoy hasta las ventanas encendidas mostraban escenarios vacíos, muebles viejos frente al cristal, lámparas descolgadas, estanterías inmundas de polvo, y gente, quizá, oculta en el otro lado del salón envolviendo los pocos enseres que han decidido llevarse con ellos en la mudanza.
Hasta la calle parecía una foto desangelada, y me ha sorprendido un gato rumiando pensativo en el asfalto ajeno al tráfico y un conductor que tan pronto lo ha esquivado ha dado un giro de trescientos sesenta grados y ha regresado a su punto de partida. En la calle y en la noche brilla la soledad, al igual que la basura. Una lata de refrescos se contonea a mi paso y me muestra sus cicatrices, su contorno de lata, plegado y dolorido, pero la ignoro, sé que es una trampa, sé que lleva toda la vida ahí en el mismo sitio, quejándose para que otros la ahuequen, le devuelvan su forma, para que alguien la colme de un líquido que a buen seguro la dejará de nuevo insatisfecha porque su cuerpo no se ha curado del todo y sigue teniendo demasiadas grietas.
Pero discúlpame, Sabi, todo esto no tiene que ver contigo. Simplemente son cosas que están ahí y, mientras tú rotulas con esmero un digno final, los demás seguimos enredados en nuestra vida de contradicciones. Y sé que no mereces que te escriba de esta forma tan grotesca, casi sin mirarte, sé que tendría que haberte acompañado, escuchado, haberte conocido más para escribirte mejor; sé que hay palabras bonitas e historias cálidas con las que ahora podría estar despidiéndome de ti, pero esto es lo sorprendente, cuando las busco en nuestra intersección de recuerdos, acabo desviándome y me vuelvo a adentrar en mis propias penumbras.
Somos egoístas, lo sé, aniquilamos con nuestros propios problemas, incluso con nuestros sucedáneos de problemas, el dolor ajeno, como si una mota de polvo nos impidiera descubrir que el otro hace rato que camina ciego. Ni unas palabras, ni siquiera unas palabras.
Por eso, abandono este intento de brindarte un pequeñísimo homenaje (a riesgo de que me vuelva a obnubilar con mi yo dictador y vanidoso), y me decanto por no hacerte demasiada despedida. Mejor te dejo aquí cerca, pegado a este blog y a estas letras, haciéndonos compañía, como siempre, Sabi, con tu humor desenfadado y tu alma, decorado de feria. Hay gente que es bonita porque mira bien, miran con ojos grandes y bonitos; y, a la fuerza, sacan lo mejor del mundo y lo disfrutan, limpios y desnudos, sin polvo y paja.
Pasaré por tu puerta, Sabi, pasaremos a diario y no sé los demás, lo fuertes que podrán y querrán ser, pero yo claudico antes de empezar. Cuando recupere el aliento, me asomaré a devolverte cada uno de los guiños que te debo. Al final, la muerte llega para eso, para dejarnos a los demás con un cajón repleto de deudas que cada uno elegirá resolver a su manera.
Te queremos.

sábado 21 de noviembre de 2009

Se me hace, irremediablemente, mayor

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domingo 15 de noviembre de 2009

Niñas, cambiar el chip. Es absurdo ir de paternalistas, Bienvenidos Mrs Marshall, a un lugar en el que la gente celebra (pese a las carencias y pese a quien le pese) tener un trabajo, una casa, y una formación cultural que ya quisiéramos nosotras.
Mª Paz y su amplio mundo.

sábado 7 de noviembre de 2009

NOS VAMOS A CUBA

Ando de media resaca; será por eso que me he levantado de la siesta y he hecho algunos quiebros hasta llegar a la cocina por un vasito de agua. Será por eso el mareo o será porque he soñado que iba en una balsa, con un niño en brazos y camino de Florida.
Debo reconocer que, menos en belleza, me parezco bastante a las Misses. De Cuba solo sé algunos ramalazos de su historia y una decena de tópicos. Aunque no es menos cierto que conozco más Cuba sin haberla visitado que, por ejemplo, Kazajistán, y eso que es un país mucho más grande y está bastante más cerca.
Lo peor que llevo, descontando, por supuesto, las travesías nocturnas con bebés hambrientos, son los previsibles apagones. Me horroriza quedarme con el secador en la mano frente a la respuesta negra de un espejo. De siempre me ha dado mucho miedo la oscuridad, más que el zumbido de un ciclón, más que el hambre y la picaresca, más que la injusticia y la falta de libertades.
Es así; uno puede clamar en las encuestas por los grandes principios de la humanidad, pero de vuelta a casa, siente que de verdad lo que le da miedo es encontrarse con un tipo extraño en el garaje, que se le pare el ascensor, que al meter la llave vea que otros antes han forzado la cerradura o que, una vez dentro, descubra el vacío de la mitad del armario y una carta expectante sobre la mesilla de noche.
No sé. ¿Hay algo que dé más miedo que el timbre de un teléfono en plena madrugada?
Claro que luego siempre hay alguna ¿amiga? que ignora tu corazón encogío y desde el otro lado y con voz de estanquera te intenta convencer del ambientazo tan bueno que hay en el Camba y de lo bien que me lo estaría yo pasando allí en vez de estar a estas horas, total, las cuatro de la mañana, babeando en la almohada. Y tengo que perdonarla. A ver si no, con la de veces que he buscado yo la llama de una farola para encontrar su nombre en la agenda del móvil.
Pues eso, como iba diciendo. La chirigota se va a Cuba, si todo sale como se ha previsto. Nos han invitado a un Festival de Arte Hispano, concretamente en Cienfuegos. Aprovecho además para comentaros que si sois mujeres y chirigoteras, o afines a la participación de la mujer en las fiestas y en la cultura de sus comunidades, no pidáis nunca subvenciones a las Áreas de Mujer pues, o no contemplan estos avances en sus políticas de igualdad, o son sólo organismos cortinas de humo, de mucha imagen y poco presupuesto. La esencia misma de la discriminación.
Tampoco pretendáis igualaros a esas expediciones encabezadas por concejales y seguidas por chirigotas de renombre. Seguramente con un cinco por ciento de lo que gastaron ellos en Uruguay viajemos nosotras a Cuba, pero claro, como ya se lo gastaron, ahora no les queda ni un piquillo de presupuesto municipal para estos intercambios. Qué sospechoso.
En fin, afortunadamente desde Diputación nos echan una manita y confían en que vamos a hacer una buena labor, aquí y allí, para difundir nuestra cultura y nuestro papel en la fiesta. Y, por supuesto, nuestro mayor agradecimiento a los cubanos, que van a costearnos, rascando de un lado y de otro, la estancia allí y otros gastos menores.
Por cierto, amenazamos con chapas del tipo “quillo qué” o “hoy estoy fácil” para que contribuyáis solidariamente a este proyecto tan ilusionante para nosotras y tan bonito para nuestra ciudad, y no lo digo de coña, creo que es una hermosa manera de compartir cultura y de alguna forma o de otra nos gustaría que pudierais vivirla con nosotros, por eso prometemos hacer algo a la vuelta que ayude a difundir esta aventura.
Bueno, todo este rollo que os he soltado viene además a explicar que con los ensayos y los preparativos no podré dedicarle tiempo al blog. Sé que podréis sobrevivir sin él, que encontrareis otras buenas razones, seguramente mejores, para ir llenando esos ratillos vacíos, pero en fin, a mí me hace ilusión creer que estáis ahí y que por ello os merecéis estas disculpas. De regreso, os escribiré para contaros cómo he visto Cuba, y si hemos hecho demasiado el ridículo vestidas de Victoria Beckam en las tablas del teatro Terry.
Guau, quién dijo miedo.

domingo 25 de octubre de 2009

El ciclo de las rocas

Me gusta el vestido que traes hoy, madre; por eso cuando el monitor vino a anunciarme tu llegada, y a pesar de dejar a medias las clases de naturales, me alegré de verte, así, con ese vestido verde como de hojas cubiertas de rocío.

Ha sido la falda amplia, el vuelo en las rodillas precediéndome el paso el que me ha hecho olvidar el baile de cerrojos que dejamos a nuestras espaldas. De pronto creí que me alejabas del internado y me llevabas contigo a bosques de encinas, sendas inescrutables por donde sólo podríamos transitar tú y yo.

Al llegar a la sala de visitas, has separado las sillas de la mesa y las has dispuesto fuera, tan cerca la una de la otra, que al sentarnos he temido no controlar la cabeza y terminar clavándola sobre el verde de tus piernas.

Estaba tan nervioso que hablé, hablé más que nunca, y te conté la clase interrumpida, los distintos tipos de rocas que relataba el profesor y, entre todas, mis preferidas, las rocas volcánicas, esas que surgen de enfriarse rápidamente la lava sobre la tierra. Pasado fuego, presente piedra. ¿Has pensado en ello alguna vez? ¿No es algo increíble?

He visto cómo sonreías al escucharme, como si el vestido nuevo te hubiera traído también unos nuevos ojos, una mirada oblicua capaz de traspasar mis retinas y clavárseme en el pecho. Somos rocas de un mismo mineral, madre; eso es lo que somos. Luego te he hablado de la erosión, del efecto que el paso del tiempo y el roce del mar o el viento tiene sobre las rocas, de cómo es posible transformar lo que se cree fuerte, inquebrantable; y, por primera vez desde que el juez ordenó mi ingreso, has puesto tu mano sobre la mía y he dejado de hablar para pararme a observarla, porque hoy tu mano es distinta, no hay rastro azulado de venas, es como si una nueva piel hubiera crecido sobre la anterior y le hubiera dado una juventud y una tersura propias de una niña.

Sin pretenderlo he descubierto que también mi mano es otra, pero no te asustes, esta que ahora reposa bajo la tuya aún recuerda sus vuelos salvajes, las violentas embestidas que te destrozaron el rostro. Puedes estar serena, la palma abierta y relajada no olvidan que una vez fueron puño cerrado buscando la cavidad de tus ojos y el filo de tus costillas.

Los psicólogos aseguran que avanzo en la terapia, pero a decir verdad no creo que esas sesiones largas que me obligan a rememorar una y otra vez lo que ocurrió nuestra última noche sean las que me estén curando. Son otras cosas, eso creo, aunque no sé muy bien de qué se tratan; supongo que serán el aire helado de la sierra, el palmeral a lo lejos, la cumbre dentada en el horizonte que me despierta cada mañana, el olor a tierra mojada, la melodía que nos llama al desayuno, los chicos acelerando el paso por los pasillos para dar cuenta de que un día más acatarán las normas, acudirán puntuales y aseados al comedor para comenzar de nuevo una jornada de superación, el propósito de ser mejores de lo que fueron el día anterior.

Pero los psicólogos se empeñan y en cada sesión les termino contando cómo esa noche, cuando llegaste del trabajo, me encontraste retorcido en mi cama con un dolor insoportable en el tobillo, fruto de la patada que alguna bestia me propinó en el partido de fútbol aquella tarde. Cuento cómo te sugerí que me llevaras al médico para que me miraran y me dieran algún remedio que me devolviera el aliento y el color sonrosado de mi cara. Y les repito la misma secuencia, aunque ya ellos saben que tú no me escuchaste, que simplemente te encaminaste hacia el teléfono para llamar a mi padre, a ese padre que ya nos he dicho de todas las formas posibles que no quiere saber nada de ti ni de mí, pero que aun así intentaste convencer para que acudiera en mi búsqueda, para que moviera de una vez por todas la curvatura de sus músculos y respondiera a nuestras llamadas de auxilio. También saben que él te colgó una vez más el teléfono y que tú gritaste ante mi cama la misma letanía de insultos con las que me sacudes desde que él se fue, pero, así y todo, tengo que narrarles otra vez cómo sentí en aquel instante un calor intenso en lo más profundo de mi ser que comenzó a arder dentro y empezó a ascender con violencia buscando una salida. Fue una erupción salvaje, no hace falta que te cuente, gasolina en estado puro que me levantó de la cama, me hizo olvidar el dolor del tobillo, y me armó de poder estas manos que terminaron descargándose en todos los ángulos de tu cuerpo.

Pero ya da igual ¿sabes? Ni siquiera pretendo rebelarme ante estos que me atosigan, sólo quiero esperar que pase el tiempo, tierno, lento, y que la brisa, la lluvia, los corrimientos de tierra se sucedan unos tras otros y nos vayan limando nuestras formas, para que tú sigas viniendo a visitarme con vestidos nuevos y con manos infantiles y para que yo pueda seguir contándote cómo en la naturaleza hasta las rocas cambian.

sábado 10 de octubre de 2009

adoro la rima

Te vas,
arrastras con el cosmos en tu huída, se esfuman tus promesas boreales
estrellas por secar aún tendidas
espían por la calle tus andares.
Me faltan, tan fríos filamentos de tu pelo, el Marte de tus botas embarradas
gravito con dolor de relojero
sin hebras de Venus en mi almohada.
Respiro, la luz de un universo vespertino, oxígeno en la ciudad del hielo
mejor así de un infinito albino
el agua dividida en paralelos.

martes 6 de octubre de 2009

HIJAS DE LA GRANDÍSIMA CULPA

Hace un par de años me inscribí en un taller de cuentos junto a otras cuarenta o cincuenta mujeres. Era gratis y nos obsequiaron a cada una con una carpeta, una libreta, apuntes y lápices, todo en un pack monísimo y recicladísimo.
A la inauguración acudió, modelito Amaya Arzuaga, la diputada de Cultura. La mujer hizo lo suyo, politiqueó un rato y terminó un discurso muy poético con dos noticias: una muy buena, que invitarían al taller a destacados cuentistas del panorama actual; y otra excelente, que al término publicarían un libro con relatos de los alumnos
Luego se levantó, se estiró el vestido y dio la palabra a dos acertadísimos profesores.
El caso es que a pesar de semejante chollo, las alumnas fueron desapareciendo sesión tras sesión misteriosamente, como los personajes de las novelas de Agatha Christie.
Transcurridos los meses, la tarde de la clausura, cervecita fresca en un bar de barrio, quedábamos sólo unas diez.
De primeras pensé que, como siempre, las obligaciones familiares y el permanente sentimiento de culpa que acompaña a las mujeres en la vida “fuera de casa” habrían acabado con muchos sueños de escritora de éxito. Aunque más tarde entendí que las razones podían ser mucho más variadas y complejas. Una me contó que aquella faceta literaria había despertado instintos cavernícolas en su marido y que la perseguía con un garrote cada vez que ella se echaba el bolso para acudir al curso. Otra adujo escasas habilidades pedagógicas en el profesorado y una tercera salió despavorida por el tufillo político que quedó en el aula después de la airosa presentación.
De algunas intuí que prescindirían del cuento, pues mostraban alma clara de poeta o pluma de articulista.
Y me pregunté si otras simplemente no se habrían dejado encantar, dada la hora de clases, por el tumbing-siesta en el sofá de su alcoba.
Pero lo cierto es que estas eran sólo suposiciones, pues aún hoy desconozco los motivos por los que el resto renunció a una oferta tan generosa. Lo único que sé es que desde el primer día los rumores hicieron extender una mancha de aceite sobre la superficie acristalada del pavimento. Por debajo de las puertas se colaban fluidas críticas por el veto impuesto a la participación masculina en el taller.
A mí, concretamente, que no hubiera hombres me desmoralizó un poco. La diversidad es color y es calor, y desde mi época de instituto tengo tendencia a buscar el lápiz detrás de la oreja, la risa bajo la barba y la gamberrada en compañía de varones de mi misma calaña.
Aun así, fuera de estas consideraciones, comprendí que cuando no se está en el mismo punto de partida es de justicia recibir un empujoncito. Las manos escritoras han sido, con una desigualdad abrumadora, manos masculinas y si a día de hoy todos merecemos el incentivo social e institucional que fomente nuestra participación en la vida cultural o política, sin duda alguna las mujeres lo merecemos doblemente, por todo el tiempo que nos excluyeron de estarlo.
Entiendo que aquellas compañeras con las que no compartí letras ni mesa quisieron demostrar de esa manera su sentido de la equidad y de la generosidad, y esgrimieron su defensa a no caer en los mismos errores que cayeron otros. Pero para mí aquellas renuncias daban a entender de algún modo que, en la igualdad, las barreras son sólo cortinas y las murallas apenas un montón de arena; nada más lejos de la realidad que otras/otros percibimos. Considero que las políticas de discriminación positiva (o como quieran llamarle) son todavía necesarias, aun cuando sean políticas de raíz y no de frutos, de educación y de base, y no de premios.
Pero permitidme que aproveche ahora y que os hable de algo que me preocupó aun más que el motivo de aquella estampida. Resulta que las otras, las que nos quedamos en pos del derecho a la ventaja, encontramos en las que se fueron el azucarillo dulce y venenoso de los ratos de café. Sí. Así fue. Una alardea de progresista y cuando llega a casa lo primero que hace es ajustarle las zapatillas al marido. No sé en cuántos lugares y en cuántos contextos he escuchado eso de que las mujeres son las peores, las más machistas ellas, la culpa la tienen las madres y cosas por el estilo, a veces pronunciadas en boca de mujeres. Tanto es así que me recuerdo en aquella cafetería maldiciendo la estrechez de miras de mi género y, lo que es peor, sin darme cuenta de que lo hacía desde el interior de un embudo.
Confieso que a veces me siento tentada a culpar a las mujeres de su suerte, (a mujeres de aquí y de ahora), y reconozco haber criticado alguna vez a la maltratada por permitir el maltrato, o a la empleada por no aspirar a convertirse en directora. Son cosas que me pasan y que contemplo con asombro que también ocurren a mi alrededor.
Por eso me animo a luchar cada mañana por no impregnarme de esas falsas ideas, ideas que no son más que frutos del mismo machismo con el que las mujeres nos confundimos, o nos confunden, una vez más. Entonces para librarme de esos prejuicios pienso en macetas, simples macetas que un día deciden que quieren ser sólo flor, y de repente me las imagino forzadas, intentando hacer añicos el tiesto, y las veo luego que reptan con dificultad entre la hierba, que apartan a su paso numerosos matojos (propios y ajenos) y me doy cuenta de todo lo que aún les queda, nos queda, para llegar a un sitio fértil y soleado donde la tierra de fondo no contamine nuestras raíces.

sábado 26 de septiembre de 2009

LAS HIJAS DEL PRESIDENTE

Lo mejor que puede pasarte una mañana cuando abres un periódico es encontrarte con los rostros pixelados de las hijas de algún presidente. Mucho mejor que las barbas zarrapastrosas de un terrorista afincao en una cueva, dónde va a parar. La foto se las trae, pa qué engañarnos, y a poca gracia que tenga una se le ocurre la primera : Aro, por eso las tenían tan escondías.

A partir de ahí compruebas que el resto de los mortales son capaces de análisis mucho más profundos. Algún especialista en moda y tendencia concluye que el gótico de las niñas es un estilo depassé, en gaditano depaché, usease de pa´echarlas. En su defensa, un sociólogo, muy fuerte, defiende que siempre lucirán mejor estas adolescentes que las poligoneras de tangas fuera der pantalón.

Un sesudo analista político interpreta en el atuendo un guiño evidente de solidaridad con las viudas chechenas, pedazo de arte, mientras que para un católico convulso está claro que la más chica de las hermanas es clavaíta al Rouco Varela.

Un picao de la ciencia ficción encuentra en la foto, por duplicado y revertido al femenino, la reencarnación, y tiene mérito el descubrimiento, de El amo del calabozo.

Los expertos en arte han visto un claro reflejo de Las Meninas, los etnógrafos aplauden la ocurrencia de haber llevao hasta el mismísmo Metropolitan el traje típico de León y los más moralistas se preguntan qué hacían las niñas, y esos padres negligentes, faltando esa mañana al instituto sin llevar siquiera un justificante.

Apocalíptico el antropólogo que asevera que después de esto el mito de la belleza española, definitivamente y sin mediar la Pantoja, ha muerto.

Aunque a mí personalmente, por aquello de la defensa del menor, las observaciones que más me conmueven son las que escapan de los márgenes de las hijas y ponen el ojo en los adultos. Un analista ecuestre le pregunta a la Sonsoles dónde se dejó el caballo.

Y me sumo también a los estudios comparativos, porque si he leído comentario juicioso es del que dice que pa fea fea, la hija de Aznar.

Bien vistas las hijas del presidente, antes de haberles estampao la goma de borrar en to las jetas, son unas muchachas guapetonas y cuando superen la fase ignominiosa de la pubertad seguramente llegaran a guapas y si no es así, y si no lo fueran, pues tanto importa. El caso es que a mí me han dao una alegría enorme pues no hay imagen que más me reconforte que aquella que revela lo multicultural, lo multiestético, lo diferente y lo valiente. Y si encima le sacamos punta ya es que me desternillo, porque tampoco hay que ponerse muy dramático y la foto, esa es la verdad, es de las que animan el día.

lunes 14 de septiembre de 2009

Hablamos a las cinco

Buenos días. Le habla su asistente virtual Mari Loli.
-Ah, pues tiene usted la misma voz que Gloria Swanson.
Quisiera informarle de la nueva Tarifa Plana de la compañía Lemon, compañía, como ya sabrá, líder en estafas de telecomunicaciones.
-Sí, gracias, uno con Larios.
Lemon le ofrece su tarifa plana de última hora; podrá llamar a fijos y a móviles por sólo 8 €. ¿Qué le parece?
-Pues no lo sé ¿Están grabando esta llamada?
Sí. Todas las llamadas están grabadas y quedan registradas por su propia seguridad.
-Muy bien, pues espere un momento que me llaman por la otra línea.
(Mari Loli espera un momento y entona mientras tanto The sound of silence.)
-¡Señorita Loli!
Mari Loli. Gracias. Esperándole, estaba. ¿Qué le parece?
- Mucho mejor que la señorita Glady de la compañía moviestrella. Ella me ha resultado más seca.
Bien, sí, me refería a nuestra oferta.
- Pues, a decir verdad, tendría que consultarlo. No estoy autorizado a contratar nada. Una vez compré un destornillador eléctrico y le di un disgusto tremendo a mi jefe.
Ah, claro. Temería un suicidio.
- Ya. Puede ser. Y usted ¿tiene jefe?
Por supuesto. Por quién me toma. Tengo varios.
- ¿Y piernas?
¿Qué piernas?
- Sí, que si tiene piernas.
No, por Dios, ¿y usted?
- No, no, ninguna.
Uf. Menos mal, creí que sería uno de esos tipos raros.
- Pues, ¿sabe qué le digo? Que para tener varios jefes, tiene usted una voz preciosa.
Gracias. Será que los trato poco.
- ¿Le puedo hacer otra pregunta?
Adelante.
- Dicen que las asistentes virtuales son mujeres muy frías. ¿Es cierto?
Depende. Aquí las hay muy pasionales, ¡con decirle que algunas mantienen relaciones extramatrimoniales con los clientes!
- Vaya, qué interesante. Y usted y yo ¿podríamos quedar alguna vez?
Me encantaría, pero con nuestra nueva estafa tengo mucho trabajo. Tal vez a última hora, a las cinco.
- Magnífico. De tarde me activan a esa hora; es cuando mi jefe abandona el despacho.
Por cierto. No le he preguntado su nombre.
- Oh, disculpe. Me llamo George.
George, ¿cómo George Eliot, la escritora?
- En efecto. Me lo puse en su honor, durante algún tiempo trabajé para ella.
Ah. No sabía que en esa época existía ya el contestador.
- No, no, es que por entonces trabajaba de ventilador de mano.
Vaya, desde luego es usted un tipo muy interesante. Le llamo a las cinco.
- Muy bien. Aquí estaré, parpadeando de impaciencia.

domingo 6 de septiembre de 2009

La vida subterránea de una bañera

Obsérvenla desde aquí arriba.
Ha llegado el momento. Ahora se extenderá sobre la bañera y la llenará hasta que el agua y la espuma la cubran por encima de los hombros.
Desvíen la vista ahora hacia uno de los márgenes del baño. Ahí están ocultas entre las sombras. Algunas hojas de afeitar aguardan como cada día junto a los botes de champú.
Vuelvan de nuevo a ella y esperen. Verán cómo los dedos de una mano buscarán las venas de la otra mano. Se pararán. Creerán haber encontrado el lugar más preciado de la herida. Lo rozarán. Lo seguirán rozando pero, en el calor de la fricción, serán invocados por el resto del cuerpo.
Algo les impedirá seguir la trayectoria de los dedos. Sumergidos en el misterio de un turbio océano, transcurrirán algunos minutos en los que sólo podrán intuir que el índice y corazón fueron absorbidos por alguna órbita incandescente.
Sumidos en la espera, de repente el agua empezará a borbotear y ella se agitará en pequeñas sacudidas.
Pero al poco, de nuevo, el remanso volverá al agua y la mano exploradora emergerá por debajo de la espuma.
No se marchen sin contemplar su última pose: su cabeza inclinada, sus ojos entornados; y descubrirán que hoy también habrá cumplido su propósito, pues estará muerta, sin duda; sin más zanjas en su cuerpo que aquella que un día la abrió a la vida, pero muerta, al fin y al cabo, agotada, inerte, electrocutada de puro placer.

miércoles 2 de septiembre de 2009

Querida gente que pasáis por aquí a hacerme compañía, si tenéis ocasión de echar un vistazo a la revista Rivadavia (en Diputación, bibliotecas, Fundación Mujer, etc), en la página 66 aparece un relato con mi firma. Desde aquí, doy las gracias a la persona que me brindó tan estupendo espacio, y os animo a su lectura. El relato se inspira en unas fotografías realizadas por Sonia Laso, una chica a la que aún no conozco pero que, a juzgar por las fotos, tiene buen ojo.
Nada más, sólo que estaba feliz y quería compartirlo.

sábado 29 de agosto de 2009

EL ÁRBOL DE LOS ARTISTAS

A ver. Hoy me he levantado guerrillera. No sé con quién pelearme pero, de verdad, qué harta me tienen algunos. Mientras me hago un desayuno largo, de esos de fin de semana, leo en una entrevista que le hacen a una escritora a la que admiro - y de la que obviaré el nombre porque, en fin, una mala respuesta la tiene cualquiera - que los blogs, e imagino que se refiere a los literarios, son algo cada vez más extendido y, por ende, más calamitoso, siendo en su mayoría sólo una fuente de vanidad para su propio autor.
Cuando termino de leer, y tras volver a la cama y hundirme la cabeza bajo la almohada por mi condición despreciable, resurge un pensamiento que me acompaña desde hace tiempo y que, por pura inseguridad, o por no encontrar la ocasión (beneficio que hoy nos conceden estas herramientas), nunca antes había compartido.
De la manifestación que hace esta escritora y de otras tantas relacionadas que he ido escuchando a lo largo de mi vida, interpreto, y ojalá que me equivoque, que uno para expresar, en materia, sus emociones o sus ideas, tiene que ser un docto, un ingeniero, un genio. El resto, el común de los mortales, tenemos que contenernos o dirigirnos exclusivamente a nuestro círculo más cercano, pues cualquier intento de expansión se quedaría en eso, en pura vanidad. Como si la vanidad fuera exclusividad de los artistas, como si el denominado artista tuviera el monopolio de la creatividad, como si la creatividad, la intuición, la emoción, sólo les pertenecería a los que comen de ella.
Pues yo me niego, me sublevo, me amotino, me encadeno si hace falta, que pa estas cosas soy mu gitana.
Vamos por parte: La vanidad.
La vanidad tiene a mi entender un origen benévolo ya que parte de nuestra necesidad de ser reconocidos, escuchados, valorados. ¿Quién no precisa alguna vez, en el trabajo, en el lugar que ocupa en su familia, en la relación con los amigos, que le digan que lo que hace, dice o piensa les gusta, lo comprenden, aun cuando no lo compartan; que por esas cosas se sienten más cerca de ellos y del resto del mundo? ¿No es esa leve vanidad inherente al ser humano?
Decimos que los artistas son vanidosos, pero quién no lo es. Hasta la gente más humilde que conozco guarda un recodo de vanidad, aunque sea porque saben que algo de lo que tienen merece ser reconocido, por eso puedo comprender que en la medida en la que uno da más también espere más a cambio.
Otra cosa son los artistas pastosos, egocéntricos, esos que con causa o sin ella elevan la vanidad a la categoría del absurdo, esos a los que a veces esta sociedad imbécil venera como si la prepotencia los hiciera más artista, y no como lo que es, un obstáculo para llegar a su obra sin que te disuada su abominable condición humana.
Por otra parte: El arte.
El arte, como actividad o producto en los que hombres y mujeres expresan sus ideas, emociones o su visión del mundo ¿No os parece que esta definición tiene un contorno poco definido? ¿No os parece que esto pertenece al alma? ¿No os parece que está al alcance de todos?
Mi tío Juan era carpintero. Un manitas. Un corazón en las manos. Un creador. Me construyó un bargueño que ya quisieran los diseñadores de muebles de The Conran shop.
Tengo dos primas que vivieron su infancia, su adolescencia y su juventud en una Academia de Flamenco. Una se dedica profesionalmente a ello hoy en día; la otra nos baila en las bodas. Las dos, pura vena desde el cuello hasta los tobillos, son el deleite de familia y agregados.
Tengo un hermano que es un actor inconmensurable, no exagero, o sí, pero en todo caso es estiloso y creativo, y, aunque posiblemente no esté a la altura del Banderas, o sí, lleva veinte años acercando el teatro a la calle, poblando con arte la historia, lo mismo en las callejuelas de Vejer que en el barrio sevillano de Santa Cruz.
Si sigo con la lista, me encuentro con mi amiga Rafaela, que tiene invadida la mitad de su casa por decenas de cuadros cuyo concepto y técnica, al menos a mí, me impresionan y a poco que me detengo a observar fijamente la puerta de una casa en uno de los extremos del lienzo, me sale una vieja con un carro de la compra.
Podría seguir poniendo ejemplos hasta el anochecer. Sólo en materia literaria dicen que hay un ocho por ciento de población que escribe, ocho de cada cien con lo que calculo que sin salir de mi barrio me encontraría con decenas de personas que practican esta afición con mi mismo entusiasmo. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los encerramos? ¿Nos amordazamos, por no cumplir unos mínimos requisitos de calidad?
En definitiva lo que quiero decir es que, con independencia de la emoción que nos despierte el gran arte, el arte con mayúsculas, y la veneración que podamos sentir por todos los que nos levantan el vello, nos hacen sentir, pensar y darnos la vuelta , en fin, con todo el respeto que les tengo; artistas, lo que se dice artistas (qué expresión ésta más gaditana y más irreverente), somos todos, en todas las clases sociales y en todas las épocas, pues todos, de una forma u otra, buscamos materializar lo que somos, lo que sentimos y lo que pensamos; y me niego a creer que eso sea la naturaleza de unos pocos elegidos.
Luego otra cosa es que el arte sea de menor o mayor pureza, de menor o mayor trascendencia, que vaya del uno al infinito, que se comercialice o se regale, que nos quieran vender duros a cuatro pesetas, que nos estafen con bazofia, que se mercantilice con basura y que, por el contrario, se ignore y no se le dé oportunidad a lo que es realmente meritorio.
Esos son otros asuntos, y poco tienen que ver con el blog, al menos con este y con otros muchos que visito, donde de una forma inofensiva y gratuita diría que en algunos casos hasta generosa, uno se hace su poquito de arte con su mijita de vanidad, y escribe lo que quiere, cómo quiere, y para quienes guste.
Y que nadie nos tema. Al contrario, que quien quiera se sume. No sabéis cuánto me gustaría, de los que sé que me leéis, poder acercarme a vuestra forma de expresión artística, sea escuchando unos acordes de guitarra o saboreando algunas obras de arte culinarias (yo pongo el vino).
Lo maravilloso del arte es que es una fuente inagotable y no es privativa de nadie y, a modo de despedida, me viene ahora a la cabeza una cita estupenda que aquí os dejo, por si cuela y os animo.
La vida es como un árbol frondoso que con sólo ser sacudido deja caer los asuntos a montones; pero uno puede apenas recoger y convertir en arte unos cuantos, los que verdaderamente lo conmueven; (...) y lo bueno es que el árbol no se agota nunca; no se agotaría aunque los sacudiéramos todos al mismo tiempo, aunque al mismo tiempo lo sacudiéramos entre todos.”
Augusto Monterroso

miércoles 19 de agosto de 2009

ÍTACAS Y PIANOS

Anoche, en un bar de Tarifa, en una conversación fugaz, una recién conocida me contó que empleó ocho años de su vida en estudiar piano.
Aquello se hubiera disipado como el hielo de mi daiquiri si no fuera porque aquella confesión contenía el rescoldo de una herida, pues concluyó la frase con un apocalíptico “…y todo para nada”
Tal vez por eso, cuando abandonamos el bar y los demás pasamos tocando las teclas afónicas y desgastadas del piano que decoraba la entrada del local, ella fue la única que no se dignó a mirarlas.
No quise preguntarle a qué nada se refería porque a menudo las nadas se parecen y supuse que, como las mías, tendrían que ver con los sueños incumplidos.
Quizá no culminó los estudios (estudiar piano debe ser el parto de la burra) y, como no me contó los motivos, me puse a imaginar que, tal vez, cerraron la fábrica donde trabajaba el padre, cayó en quiebra la economía de su familia, se lanzó a la calle a buscar empleo, se cortó varios dedos mientras fregaba un vaso en un restaurante japonés, acudió a un hospital para curarse, conoció a un enfermero amante de los niños, se casó, tuvo trillizos y decidió posponer su amor por el piano para tiempos más ociosos.
Puede ser. Pero también puede ser que un profesor del conservatorio la tachara de paquiderma cuando estaba interpretando Claro de Luna, lo que al cabo de unos días la llevó a darle la razón al atascarse una y otra vez con el Ave María de Schubert, lo que al cabo de unos meses, convencida de estar dejándose la piel, el dinero y la salud en algo que no la elevaría de la categoría de mediocre, la impulsó a cambiar de meta.
Al final, parecía claro que no había llegado a ser una célebre pianista y que ni siquiera el piano se había convertido en su profesión: ni era concertista ni se dedicaba a la enseñanza. Allí en los confines más remotos del abandono, a juzgar por su gesto oscuro, el piano no formaba ya parte del universo de sus aficiones.
Ocho años perdidos, la oí pensar, cuando pasó sin mirar por delante del piano.
Ocho años perdidos pensé yo, sin dejar de preguntarme desde entonces cuántos años perdidos no tengo yo en mi historial y, si al fin y al cabo, los puedo considerar perdidos; porque ¿son quizá perdidos los que tardé en destinar a mi primer novio (y al futuro bebé de rizos rubios, y a los viajes juntos a la India, y a la vejez de la mano) al vagón de los ausentes? ¿Son perdidos los que empleé tardes enteras en charlar con presidiarios? ¿O los que pierdo ahora, cuando me quito horas de sueño para dar un poco de vida, el agua que tengo, a las palabras de este blog?
Si es así, hoy escribo en un vertedero. Cada tecla muere después de ser tocada y, por el mecanismo de propulsión de las cosas inútiles, es arrojada a una pila inmunda de desechos.
En algo tenía razón la mujer del piano, si es que acerté leyéndole el pensamiento. Lo que no se consigue, por imposibilidad, por agotamiento, hacemos bien en desestimarlo. No le veo sentido a que nos empeñemos en un propósito si no podemos llegar a él, o si llegar a él ha dejado de sernos gratificante, por mucho que las películas americanas nos insistan en el "si luchas, todo es posible", porque no siempre es posible, y si lo fuera, a costa de qué.
En todo caso, allá cada uno, que no pretendo seguir la onda de Sergio Bucay o de Paulo Coelho.
A lo que iba es que me resulta un tostón creer que el camino es más gozoso que la meta. Para mí, si no hay meta no hay camino y si alguien me advierte de que en Ítaca no hallaré más riquezas que las que acumulé en el viaje, posiblemente perdería todo el interés y cambiaría de ruta.
Al fin y al cabo las metas me han mantenido en vilo durante las distintas etapas de mi vida y, ahora que lo pienso, ninguna otra droga me ha resultado tan estimulante. Eso, después de mucho elucubrar, debe ser porque aún puedo elegirlas. Si viviera en el tercer mundo o si me dieran una esperanza de vida de tres meses, posiblemente el intento de supervivencia eclipsaría gran parte de mis sueños. Por el contrario, si fuera un genio viviría obsesionada con la inmortalidad, con perdurar para siempre en la memoria colectiva; mientras que si padeciera una depresión grave, mi meta más ansiada sería seguramente la muerte.
Como, por increíble fortuna, no es el caso, al menos por ahora, puedo usarlas a mi antojo y, si quiero, puedo pudrirme en el empeño, pero también puedo, ese día que me despierto lúcida y me sorprendo nadando entre lodo, descartarlas y abandonarlas hasta mejor suerte.
Lo bueno con la edad, como decía Antonio Gala en La Soledad sonora, es que los castillos inexpugnables han sido ya expugnados; los acompañantes insustituibles sustituidos; los amores inolvidables olvidados… ¿olvidados? No, sino que fuimos embotando los largos filos que nos ensangrentaban. ¿Es que somos más fuertes? No, acaso es que somos simplemente más nuestros, y hemos ido cerrando las ventanas.
Por eso, tal vez, desde las ventanas que nos abre y nos cierra el tiempo, es bastante probable que una mañana nos despierte el canto de un pájaro extraño en una cornisa, o que el sol nos tiña de verde una de nuestras pupilas, o que veamos correr a una vieja arrastrando una pesada maleta, en fin, señales que emergen de cualquier parte para anunciarnos una nueva meta, fresca y escamondada, que viene a darnos vida nuevamente.
Entonces la podremos tomar con entusiasmo para que nos ayude a seguir adelante, aunque eso no evitará, me temo, que desde ese momento cuando pasemos por delante de un piano tengamos que apartar la cara.

jueves 30 de julio de 2009

Crónicas refrescantes

Pase, señor agente. Lo estaba esperando.
No es necesario que me muestre la normativa. Sí, claro, la recuerdo de otras veces.
Acomódese. Es un sillón Luis XV, caoba, tapizado damasco, efectivamente, remaches de bronce. Mucho mejor. Le sienta tan bien.
Pues, como le iba diciendo. Debí dejar la cancela abierta. Llegaba tarde a mis clases de canto. Un despiste, desde luego.
¿Me parece a mí o se le van los ojos hacia la mesilla? Vamos, compruébelo, señor agente. Es un auténtico Courvosier. Veo que entiende de licores. Por favor, sírvase una copa.

Lo comprendo. Ha crecido demasiado. Supera las medidas para ser considerado un animal doméstico. Pero, pobre, está tan viejo que no lo querrían ya ni en los estanques.
No me explico cómo atravesó la quinta avenida, cómo se adentró en la estación, cómo desafió la vía de alta velocidad. Es valiente, eso no podrá negármelo.
¿Lleva usted siempre el uniforme en las horas de trabajo? Verá, dada su responsabilidad, le imagino con un Brioni de rayas diplomáticas, trajes que bailan a cada paso; camisas a medida, corbatas de seda. Sin duda, tiene un porte muy elegante.
Es terrible. Lo de la chica del andén, digo. Debió de asustarse muchísimo para sufrir un infarto. Claro que ella no sabía del carácter noble y juguetón de mi mascota. Desconocía que su único atrevimiento es husmear bajo faldas inocentes.

No, ahora no está haciendo eso conmigo. Si ahora se cubre el rostro es por pura vergüenza. No pensó que su travesura llegara a tener tales consecuencias.
No permita que se lo lleven, señor agente. Está muy arrepentido. Ahora mismo lo traslado a su acuario y le sello las salidas. No volverá a andar suelto, se lo aseguro, ni siquiera por la casa.
¿Que si a mí también me busca bajo las faldas?
Estoy cansada, señor agente, pero ayúdeme a encerrarlo y le dejaré asomarse un rato.
Comprenderá mejor de dónde le nació al animal una afición tan obstinada.
Sí, sí, ahí estarán seguros, deje los papeles sobre esa mesa. Magnífica guéridon de cerámica vidriada, ¿no le parece?

domingo 19 de julio de 2009

Me marcho unos días de vacaciones, pero amenazo con volver pronto y seguir escribiendo (es lo que tenemos las personalidades adictivas).
Besos
Os deseo igualmente un feliz verano.

jueves 16 de julio de 2009

La sucesión de los fantasmas

Ven, le dice ella al hombre espía. Llevo toda la vida esperándote. ¿Son para mí esas acacias blancas? Sube. Te abriré mi dormitorio, tengo lámparas de araña y grandes espejos. Usaremos mi vestido como sábanas. Todo será como tú quieras: mis besos agua, mis ojos venas, mi piel luna creciente. Ven, hagamos nieve en las ventanas.No tiembles. ¿Temes que no sea una mujer buena?Ven mi luz inocente, mi amante breve, haz añícos los cristales de mi cuerpo.(Luego, calla y piensa:)Toma mi alma y hazla cenizas, que quiero volar al misterio.Yo necesito el descanso, a ti te mata el deseo.

jueves 9 de julio de 2009

Disquisiciones de una chirigotera

Que los libros lo curan todo, o casi todo, es algo de lo que hoy puedo dar fe. Lo que es un poco más raro es que te cure el prólogo, pero en fin, a mí me ocurrió así y después me referiré a ello, porque ahora lo que quiero contaros es la enfermedad que he padecido en los tres últimos años.
He de aclarar que, afortunadamente, es una enfermedad temporal, que sólo me asalta en época precarnavalera y a la que, por ponerle un nombre, llamaré: ginodesconcierto.
Intentaré explicar a qué me refiero, aunque daré por muy sensatas las salidas de esta página de quienes consideren que este tema, en sí mismo, les importa menos que el nuevo novio de la Pantoja (no, tranquilas, que yo sepa aún no tiene). A las que se queden: chirigoteras, aficionadas, o curiosas con fines de todo tipo, os diré que el ginodesconcierto no es más que el trastorno que he padecido cuando llegaba la hora de elegir un tipo (entiéndase tipo, letras, temática).
Porque, a ver, piensa rápido, pero rápido: piensa tres tipos que se te ocurran para una chirigota de mujeres.
Tic tac, tic tac…
Vale. Pues, no sé tú, que lo mismo eres un alma liberada de todo prejuicio; yo (cosa de la que ya no me avergüenzo, gracias al libro) me ponía a pensar y siempre me encontraba, así de primeras, con una vedette, una cupletista, una folclórica, una puta o una bruja. Si me esforzaba un poco más podía imaginarme una monja, una enfermera, un ama de casa, versus criada con delantal y cofia, una hippie liberada o, lo más, en un golpe de inspiración, una victim fashion compradora compulsiva.
Véase, si no, los catálogos de disfraces femeninos: son pocos más de los que he dicho, pero todos, eso sí, con un punto libidinoso putón-festivo.
Agotada, al cabo, descartaba todas esas ideas, lamentables, repletas de clichés, en las que mi mujer “ chirigota” no era más que la reproducción de los papeles tradicionales que nos habían colgado toda la vida y de los que, suponía, yo estaba inmunizada.
En un giro de 360 (¿en qué lugar del teclado está el simbolito de los grados?) mi lado más reivindicativo apelaba a esas grandes de la Historia que supieron y pudieron salirse de los caminos trazados por el dominio del hombre, pero cuál sería mi decepción que a medida que estudiaba aquellos personajes: Madame Curie, Simone de Beauvoir, Margaret Thatcher, más difícil me resultaba encontrarle su intríngulis chirigotero; aunque ahora que lo pienso, ésta última tiene su punto.
Al final, tanto dilucidar el tipo me enroscaba en una espiral sin salida, en un ginodesconcierto permanente con sentimientos de culpa, en el que me lamentaba pensando que el personaje corriente, la mujer de carne y hueso que no pertenecía a ese diminuto club de selectas, en verdad no era para mí otra cosa que alguien sin identidad propia, porque todo los papeles que les concedía estaban delimitados por su relación con los hombres: de un lado las que buscan su atracción (putas, vedettes )y del otro, las que buscan su repulsa (monjas, marujas liberadas, e inclúyase en este apartado a la Margaret Thatcher).
Llegó a ser tanta mi desesperación que no había en todo el espectro carnavalesco ni un solo tipo que escapara de estas consideraciones. Si pensaba en grandes divas de la ópera me veía a la Callas agonizando por la marcha del armador griego; si aprovechaba, entre emisiones de anuncios, para pensar el tipo, me imaginaba a mujeres, jabones lagarto en mano, dispuestas a dejarles a los maridos las camisas limpias como patenas, mientras me guiñaban un ojo, a lo Amaya de Mocedades en el Tómame o déjame, que al final tomamos y de lo que hoy tanto me alegro.
Sí, sí. Diréis que exagero. Diréis que sólo en este rato de lectura ya tenéis una lista con más de veinte tipos que no encajan en ninguna de esas categorías, ni en las tradicionales ni en sus antagónicas.
Y claro que sí, que los hay; mi chirigota me alivia cada año con un buen puñado de propuestas; pero no podréis negarme que alguna de las que antes nombré se os ha pasado, aunque sea así de puntillas, por la mente.
Si es así, tranquilas, resulta que esto que nos ocurre no es una enfermedad de las malas. Según leo en el prólogo de Cuentos de Amigas de Laura Freixas, referido a la literatura, pero que yo he trasladado al carnaval e interpretado como me he dado la gana, lo que nos pasa no es más que la reproducción de nuestra propia historia, por lo menos de la escrita, donde los grandes papeles y la mayor y más variada relación de cometidos han estado en manos de los hombres, relegándonos a nosotras a perfiles, por lo general secundarios y siempre repetidos; de ahí que cuando volvemos la vista atrás, como ocurre en la literatura, nos tropecemos siempre con los mismos personajes y echemos en falta todo esa enorme gama de personalidades, matices, aventuras, oficios, que han sido, vivido o desempeñado las mujeres a lo largo de los tiempos.
Para que nos entendamos, digamos que son todas las que están, pero no están todas las que son.
Pero es que además, esto del tipo no es algo inocuo pues, vuelvo a tomar prestadas ideas del libro, resulta que cuando una mujer elige ir de mujer (o sea, cuando no se disfraza de mosquetero) corre el riesgo de que la tachen de sectaria porque abarca unos temas limitados a una colectividad y dirigidos a una colectividad.
Y es que al parecer, y valga otra vez el silogismo de la literatura, parece que, además del carnaval para todos, existe un carnaval de mujeres (que digo yo que de qué va a ser si no ¿de rodaballos?); cosa que a simple vista no sería una ofensa si eso no quisiera decir que los temas que tratamos van desde las rebajas der Zara a lo dura que la tiene mi profesor de spinning; todo lo que al final se traduce en que nos dirigimos, en exclusiva, al público femenino.
Que piense que esto es algo que ocurre en nuestras calles en los carnavales del siglo XXI no es una paranoia mía feminista. Sin entrar en consideraciones respecto a la música que empleamos o a las voces, asuntos que hoy no trato pero con los que amenazo volver; de las letras de mujeres, de las chirigotas buenas y de las malas, he oído decir de todo: bordes, verdes, simplistas, chabacanas, o lo dicho: cosas de mujeres para las mujeres.
Por tanto aquí no se discute si las letras son mejores o peores, que de todo hay en la viña del señor (igual que de todo hay en la viña masculina), sino de los prejuicios que llevan a opinar de esta forma a quienes, tal vez, ni se han parado a escuchar nunca a una chirigota de mujeres.
Y esto sí que jode, porque sólo hay que escucharlas o echarles un vistazo a los libretos para comprobar que las mujeres abarcamos asuntos que nos afectan como mujer y como ser humano, cosa que yo al menos no he conseguido nunca hacer divisible; y jode doblemente porque viene a decir que el hombre, vaya del tipo que vaya, representa al hombre y a la totalidad de la especie, mientras que la mujer representa sólo a las de su género.
Cito a la Freixas: “Las mujeres, en cambio, son vistas ante todo como mujeres, lo que supone negarles tanto la individualidad como la universalidad” “¿Por qué un personaje femenino sería menos representativo de la totalidad de la experiencia humana que uno masculino?”
Al hilo de esto, o totalmente deshilachada del comentario, recuerdo una ocasión en la que, compañeros de otras agrupaciones, nos llegaron a afirmar el mismo día: Os escuchan más porque sois mujeres, y otro: Os escuchan menos porque sois mujeres. ¿No produce esto un gran ginodesconcierto? En fin, para mí que aquel día cantaríamos mejor (o menos borrachas) en un pase que en el siguiente o, vete tú a saber, si era el público el que era radicalmente distinto.
También los hay, y ya esto es "pa partirse", los que se acercan como por conmiseración hacia las mujeres y, dependiendo del contagio (el gusto es puro contagio), van tomando una opinión.
Para terminar, deciros que como ya estoy curada, supongo que a partir de ahora la decisión del tipo vendrá sólo determinada por la ilusión que le despierte al grupo; ya salgamos cargaditas de lentejuelas, cual Pinito del Oro, o con una aljofifa de mujer de la limpieza; y ya tratemos la subida de los carburantes o los pelos que se deja mi José Ignacio en el bidé. Porque después de tanta disquisición una cae en la cuenta de dónde estamos y de dónde venimos, o sea de un carnaval y un mundo que sigue en manos, no sé si a partes iguales, de australopitecus/as y de bienintencionados, pero confundidos/as.
Y desde luego si el carnaval es cultura, las mujeres deberíamos estar presentes y participar de pleno derecho, si no cantando (lo siento mucho, la nuestra tiene el cupo lleno y bien relleno), al menos clavándole el codo al que tenemos al lado, ese que lleva un rato pidiéndonos que reprimamos nuestras risas por lo ordinarias, ese al que cuando ya nos harta deberíamos gritarle:
calla, cojones, y escúchalas, que lo mismo hasta te gustan.

sábado 4 de julio de 2009

¿Qué ha pasado aquí?

Me dice el Kid Betún que se quedó con las ganas de embadurnarlo y devolverlo a sus orígenes: moreno, lustroso. Nunca se creyó eso del vitíligo.
Leo que en Oslo, el comité de selección del Nobel de la Paz respira aliviado por no tener que enfrentarse más a tan polémica apuesta.
También celebran su suerte los habitantes de los vientres de alquiler, y sonríen desde sus books los niños mulatos, mientras sus padres se afanan buscando mecenas con gustos similares.
El mundo es hoy un caos. Quiebran las farmacias, se cierran tribunales, disminuyen su patrimonio las organizaciones benéficas, se revuelven las cristalerías en las vitrinas clamando por una nueva voz que les haga estallar de gusto. La luna se queda para siempre con el ceño fruncido, añora unos pasos de baile gravitantes, su mejor Fred Astaire.
Acudirán a su despedida los hijos uniformados, mientras los gametos tacharán el nombre de Michael de su santoral popista.
¿Decidirán las Wendy poner fin a su adicción a los antioxidantes?
Puedes estar tranquila, Billie Jean, no fue él, aunque todo ha quedado tocado, trastocado, revertido, mientras una contradicción persiste en las paredes del estómago:
Valiente excéntrico, hijo de puta. Qué gran artista.
*Para la princesa Ali, del blog de al lado. Gracias.

miércoles 24 de junio de 2009

¿Y tú? ¿Sabes quién eres?

El otro día me enteré que un tío mío había tenido un cáncer de piel. Una vez fui a revisarme un lunar extraño y cuando el médico me preguntó si alguien en mi familia había padecido este tipo de cáncer le contesté con un no rotundo y confiado.
Por fortuna el lunar resultó benigno, pero ahora cuando voy al médico por cualquier dolencia antes indago discretamente en mi familia si alguien padeció o padece algo relacionado con lo que a mí me duele.
Hasta tal punto ha cambiado mi vida desde que descubrí lo de mi tío que ya no me conformo con las consabidas herencias (los ojos de tu abuelo, el pelo de tu tía Clara, sí, hija, el inconformismo y la mala leche de tu padre)
Ahora, de repente, me parece que he sido una ignorante, me creí pura y resulta que casi nada de lo que tengo es mío.
Cuánto más pregunto, cuánto más rebusco en las fotos o exploro historias de antepasados más me reafirmo en mi pensamiento. Hoy mismo sin ir más lejos me cuentan el afán de mi abuela por amparar a los niños desvalidos que iba encontrando en los confines de su barrio y, claro está, en ella descubro la semilla de mi vocación. Resulta que la mujer, a saber tú si ya eso le venía también de sus antecesores, había estampado en los genes esto que ahora es un oficio y, que por esas cosas que se dicen de saltos generacionales o simplemente porque mi madre ya hacía demasiado cuidando a ocho propios para preocuparse de extraños, había terminando recalando con tal fuerza en la generación siguiente que hoy día tres hermanas nos dedicamos a ello.
El caso es que ahora he cogido la manía de mirar a mis mayores. Los observo como quien no quiere la cosa, les analizo los lunares, y me comparo con ellos en el tamaño de los dedos gordos de los pies, en el contorno de las caderas, en las cosas con las que bromean, en lo que hablan y en cuánto duran cuando llaman por teléfono.
Lo curioso es que en todos encuentro algo de mí, en los que observo y en los que no están pero de quienes todos hablan.
Y aunque me horroriza pensar cómo los genes y la educación (que no es más que un gen añadido) me llevarán sin remedio, por ejemplo, a ser gorda (qué le vamos a hacer); también me divierte, y me acompaña, ser el collage de un montón de gente que, para bien o para mal, han conformado mi identidad. Porque, de verdad, si algo me asusta incluso más que un cáncer de piel es no tener identidad o tenerla y despreciarla hasta provocar que me abandone y me deje sola, gravitando en el espacio sin sostén alguno.
Por eso pienso que los dermatólogos deberían de revisarnos, además de manchas y lunares, los pliegues de identidad para identificar que, cambiados o no, casados o tridivorciados, idénticos o radicalmente opuestos a los que nos precedieron, tenemos una naturaleza y una razón de ser, pues, para mí, que algo sé de niños abandonados, la identidad es el esqueleto que nos sostiene por mucho que lo maleemos hasta ajustarlo a nuestras formas.

domingo 7 de junio de 2009

Chocolate en el Atlántico

Como un guiri más de esos que transitan por sus callejuelas blancas, el poniente en Tarifa es un viento extranjero que ni en sus mejores sueños lograría desbancar al levante indígena.
Pero ayer todo era diferente en Tarifa y era el poniente el que inundaba de olores frutales la C/San Francisco. A veces me extasian tantos colores, aromas y texturas, pero siempre termino sucumbiendo a sus estanterías. Entré y compré jabones que mi piel no abarcaría en un año: aloe, kiwi, sandía, mango, regaliz y, sobretodo, chocolate.
Porque Tarifa siempre es chocolate, y los niños en las playas no sólo buscan cangrejos, también, entre baño y baño, y en turnos de vigilancia, esperan impacientes el fardo negro que se precipitó de una lancha, que sorteó el oleaje, que burló a los surfistas, que se salvó de los guardias ocultándose entre las rocas.
Sin embargo, ayer no estaban todos. Karim (tengo 9 años, soy de Morocco) se quedó chutando balones contra una portería dispuesta entre los bancos de la Alameda. Al otro lado de la plaza, su madre trenzaba el cuero de una pulsera sin levantar la vista: Mirar al frente es doloroso. La costa africana grita tu traición y en cada ojeada al horizonte pagas el precio de vivir tan cerca.
¡Vamos, Karim!, le habían animado sus amigos tarifeños, ¿no bajas?
Hay algo en la bruma, pensó Karim. O es este viento extraño, o el Atlántico que hoy es negro como mi cuerpo.
Un balonazo desviado por el pedestal de la papelera acabó con la pelota en manos de uno de los lugareños que abarrotaban a esas horas las terrazas de las cervecerías. Karim se acercó a la mesa y, de nuevo, la bruma en el horizonte, sus amigos llamándole desde la playa y el poniente abriendo las páginas de un diario por donde no debe: Hallan uno de los bebés del naufragio de la patera.
Podría haber hasta una decena más.
P.D: Hoy (lunes) leo que el sábado encontraron los cuerpos de una chica joven y de una niña de 3 años cerca de Ceuta. El sábado me encontraba en un banco de la Alameda de Tarifa esquivando los balonazos de Karim (uno me dio), y componiendo esta pequeña historia. Tampoco, como su madre, podía mirar al mar. Y así llevo varios días, gritando y gritando, en negro.

lunes 1 de junio de 2009

¿Quién no compuso alguna vez su propia canción desesperada?

Creí que todo era tan fácil como descorrer una cortina, pensé que era mejor estar que ser. Me quise desdoblar en las esquinas, colgarme de la vida por los pies. Pedí, pequé, abusé, besé. Fui polen, polvo, grano, arena, harina. Busqué tu mano, enorme, ayuda, amiga. Mas aquí nadie vino,quizá es que no grité.

martes 26 de mayo de 2009

La estafa de la conciliación

De tanto leer, a Cristian se le cayó un ojo. Lo sostuvo en la mano mientras con el otro seguía las letras cada vez más borrosas de la pantalla. Dos horas después se le cerró medio párpado. Tomó el ojo de la mano y lo puso sobre la mesa y empleó esa mano para sostenerse el párpado del otro ojo. La otra mano la necesitaba para mover el ratón. Al cabo la mano que sujetaba el párpado tembló de puro agotamiento y se le quebró y abandonó al brazo y cayó rodando por el suelo del dormitorio. El párpado volvió a medio desplomarse. Cristian inclinó hacia atrás la cabeza y esforzó la vista a través de la pequeña hendidura que resistía abierta. Pasado algún tiempo, sumido en una penumbra bastante espesa, se durmió con la mejilla clavada sobre el teclado mientras que el dedo pegado al pulsador continuó sin él la búsqueda hasta hallar lo que precisaba: un trabajo diurno para su madre.

Razón de ser

El tacaño donará generosamente (en vida) su fortuna a una comunidad de marginados. Conseguirá el gafe celebrar el ascenso de su compañero de oficina y será el copiloto que encuentre tantas veces para el conductor el hueco libre de aparcamiento. Dejará el mujeriego, justo antes de entrar en casa, de sacudirse de cabellos largos los hombros de su chaqueta y de vaciar la carpeta de mensajes de su móvil. Puede incluso que, con el devenir del tiempo, el mujeriego se convierta en tacaño, el gafe en mujeriego y el tacaño en gafe. Aun así se echarán a dormir y despertarán con su fama original, inalterable.

Cuestión de altura

La ventana habla. A veces canta y mueve las cortinas. También es madre y, como todas las madres, tiene un hijo favorito. La ventana es invierno, las gotas de lluvia pidiendo clemencia al cristal, y las cartas y las fotos -aún en papel- sacadas del trastero, esparcidas por la alfombra frente al radiador ¿quién tiene chimenea? Hay ventanas abiertas, descaradas, que gritan a los camioneros con sus camisones de seda. Otras encierran el sueño del recién nacido, la angustia de sus padres inexpertos. Hay una ventana grande que encuadra a las demás ventanas y por las que nos asomamos con renovada expectación todos los días con la esperanza de un paisaje distinto, un río, una ladera al fondo, una naturaleza para cada uno, una para cada estado de ánimo. También hay ventanas traseras por las que arrojamos la memoria no reciclable, los sueños abandonados, los amores descompuestos, las mentiras que nos cuentan. Y, para acabar, está la ventana del patinillo, reservada sólo para conocidos porque es en ella donde aireamos nuestros trapos sucios.

domingo 24 de mayo de 2009

Esta vida perra

A Adelina la persiguen las sombras de los perros. Justo cuando pasa cerca de uno de ellos la sombra se despega de la acera, de la farola o de la esquina de algún edificio y se le extiende por detrás de sus pies. Al principio se sintió gozosa, y acompañada, pero llegó una noche que llevaba a sus espaldas más de una docena, como una perruna penitencia. Se dijo que debía ser el olor, y de inmediato abandonó el régimen y las galletas dietéticas. Para rebajar peso se obligó a caminar a diario y debido a que pasaba el día entero en el trabajo frecuentó los paseos nocturnos, y con ellos volvieron las sombras y los perros. Intentó esquivarlos de todas las maneras posibles y allí que veía uno a lo lejos doblaba hacia a la otra calle. Renunció a la playa, pues la playa de noche es oscura y allí los perros aparecen como fantasmas. Bordeaba plazas y parques, evitaba descampados y los parterres de las avenidas. Como ni así consiguió deshacerse de ellos - porque los perros surgen de las entrañas mismas de las tinieblas- se enclaustró en su piso de sesenta metros y se compró una bicicleta estática y un banco de abdominales. Al principio le fue bien, pero curiosamente una noche que se saltó hacer su tabla de ejercicios, mientras estaba tumbada en el sofá mordisqueando la cubierta de chocolate de un helado, llamaron a la puerta. Temerosa de quién podría requerirla a esas horas se asomó con recelo a la mirilla y al comprobar que la luz del rellano se mantenía apagada desistió de abrirla. De vuelta al sofá, encogió las piernas y se las cubrió con un cojín, pero al instante lo arrojó al aire pues en el estampado geométrico adivinó la silueta huesuda y paticorta de la sombra de un caniche. Corrió hacia la mesa del escritorio y rebuscó en la agenda el número de teléfono de su endocrino.

martes 19 de mayo de 2009

Crepúsculo

Lo que sigue es el insólito testimonio de un tal Cerbero Atocha:

El sol había caído y la sobreviviente claridad era la de un crepúsculo plomizo, por cierto nada estimulante. Yo venía caminando, un poco cansado, a pasos lentos, cuando al doblar la esquina vi aquel cuerpo tendido, inmóvil. Recordé por un instante esa fea costumbre norteamericana: si ven a alguien caído, todos siguen de largo, sin prestarle auxilio ni siquiera atención. Así que traté de acercarme a aquel desgraciado, pero entonces se abrieron todas las ventanas, con oscuras figuras y agrias voces que me gritaban: "Nooooo", así que retrocedí hasta un zaguán que quedaba a sólo tres metros del desvalido. Y desde ahí me puse a mirarlo, a examinarlo, y en cada vistazo le encontraba más rasgos conocidos: la frente ancha, la nariz afilada, el cuello largo. Pero ¿quién era? Me fue invadiendo una creciente inquietud. ¿Quién era aquel manso cadáver? Y allí no más tuve que enfrentarme a la revelación. ¿Cómo no iba a hallar rasgos conocidos en aquel cuerpo? ¿Cómo no iba identificarme con aquel hallazgo, si el muerto era yo? Yo, el mismísimo Cerbero Atocha. Que en paz descanso.

PD: Mis manos ahora son tersas, mis dedos rápidos quieren más. Qué gusto ha sido escribirte, aprenderte; tierno, honrado, humilde y grande, Mario Benedetti.

viernes 15 de mayo de 2009

Sí. Podrás extraerte cada ojo a punta de cuchara, podrás plantar un puñado de cilantros y cardamomos en ambas laderas de tu nariz, podrás mudarte la piel y dejar tu cuerpo sujeto apenas por un ramillete de venas rosadas. Prueba a ver. Tapia de hormigón tus conductos auditivos; disecciónate, hoy el alma, mañana el cerebro, y aleja cada trozo en una colmena de estantes. Averigua en qué cueva de ti habita el deseo; abórdalo y dinamita su escondrijo.
Ahora espera. Espera que una epidemia de un virus fatal aísle entre sus muros a los habitantes del bloque de apartamentos contiguo al tuyo. Entonces sí. Podrás entrar en el supermercado y hacer serenamente la compra, podrás sentarte a leer sin sobresaltos en el parque de tu barrio y, por fin, evitarás que las prendas no se escapen nerviosas de tus manos en las cuerdas del tendedero.
Un día, tal vez, ya ni recuerdes los ojos de chocolate negro, los labios de almíbar, su sonrisa húmeda. Y es que ya nada volverá a invocarte a ese vecino de al lado que con tanto tesón te desató la lujuria.

sábado 9 de mayo de 2009

Palabra de mujer

Más allá de la intención, con la carta de libertad en la mano, la palabra pronunciada levanta el vuelo y viene a posarse en cualquier cornisa, a la espera de nueva caza. La mujer que, desde su ventana al otro lado de la calle, vaga con su mirada en dirección a la inopia, despierta de su letargo y tensa con precisión su arco para asegurar la puntería. Ahora la palabra es suya y la funde como el acero. La palabra prisa se convierte en paciencia. La palabra poder se sumerge en agua y aparece querer envuelto aún en gotitas. El cañón atraviesa un subterráneo y se transforma en pasión. El infortunio salta como una pompa de una caldera y estalla en el aire hasta mutarse en aliento. El imposible encuentra una ranura en la estrechez de una tubería y deja el im enganchado en los filamentos sueltos del metal. Cuando está de buenas, la mujer cose palabras rotas y le da uno de sus vestidos nuevos a las prostitutas. Cuando ama, pero sólo cuando ama de verdad, pone de frente a sentidos y a sentimientos y los deja que se besen con la boca abierta. De ella oirá decir que de la ciencia hace brujería y de la historia leyenda, pero lo esquiva. En esas, se estirará otra vez su indumentaria de arquera, disparará a lo que nunca antes arriesgó que fuera suyo y atrapará una nueva suerte de reír la vida, de llorar sin pudor por lo más inaudito que le levante el llanto, de contar las cosas por rutas alternativas; y todo ello para hacer de lo que dice y lo que siente un lugar respetable, por mucho que a veces intuya, deduzca que, al otro lado de la calle, alguien se afana en encapuchar y capturar palabras de las cornisas para que ella no se las lleve, pues, ya saben, la palabra de mujer es pura tontería.

domingo 3 de mayo de 2009

El día de lo que somos

Cuánta habilidad, Marcela, para desafiar el tiempo, para caminar de puntillas sobre las predicciones del médico y para atrincherarte en algún lugar secreto en el infinito del útero, y todo para venir a nacer justo hoy, el día de las madres. ¡Qué lista!

Bienvenida, Marcela.

Pd: Felicidades a todas las madres, y a todos es@s (tíos, tías, amigas de la madre, etc) que con tanta destreza pretenden derrocarnos.

Me encanta este día, es como una escalera de identidad ¿no? Subes o bajas, y te encuentras que, con todo eso que te han dado, eres lo que eres.

*La foto de la imagen la ha elegido mi hija Irene.

jueves 30 de abril de 2009

aspirantes a microrrelatos

Si renacieran por pares las especies extinguidas, si crecieran nuevos árboles en tierras sembradas de asfalto o si cesara una mañana el deshielo de glaciares, entonces sí, volvería a quererte.
Acabas de morir. ¿Qué buscas? ¿Qué miras?
Déjate caer en mis brazos. ¿No confías en mí?
Cuenta la cuñada la suerte de la mujer que llevaba el boleto ganador de la lotería y cómo echó puertas y cerrojos y marchó a cruzar el Atlántico.
Cuenta y lo cuenta una y otra vez que desde el mismísimo Orinoco, en pocas letras y en una postal con abanico y velero, la afortunada recuerda un día lo que dejó en este lado:
borracho, parásito, ahora también que te defienda tu hermana.
Para María y su esperadísima Marcela.
Llorona, quejica.
Qué manera de desperdiciar los gritos, con lo que te harán falta luego.
Vamos tonta, empuja.
Viajemos, me dice. Amémonos a las orillas del Sena, besémonos entre sábanas de seda en el Lejano Oriente.
¿Viajemos? le digo,
tú y yo,
¿para que estemos más lejos?

martes 21 de abril de 2009

El médico, tras observar detenidamente la rotura de la piel, las medidas del mordisco y las huellas de los dientes en la carne, sentenció:
No hay duda. Se trata de una mordedura humana.
Le cubrió durante unos segundos la mano con un apósito impregnado de alcohol y le recetó unos antibióticos.
Tomás, el viejo, emprendió consternado la vuelta a casa. Por el camino repasó los últimos movimientos que hizo antes de dirigirse a la cama.
Vamos a ver, se dijo.
Sentí deseos de tomar un té. Recordé la lata con forma de autobús londinense que Laura me trajo de su viaje de fin de curso. Es té de tilo, me había dicho mi nieta, relaja y hace feliz.
Me dirigí a ciegas a la cocina. Ana me dejó la costumbre de no encender la luz cuando no es necesario y esta noche la luna se cuela diáfana por todas las rendijas.
Llegué al mueble y tanteé el tirador del último cajón, ese que a diferencia del resto mantiene casi intacta su cubierta de aluminio. Apenas un leve tirón bastó para que el cajón rodara por sus raíles. Aun así, estos cajones no son como los de antes, y tuve que meter la mano para llegar hasta el fondo. A tientas, distinguí la caja alargada, pero no tuve tiempo de agarrarla pues sentí algo incrustándose en ambos lados de la mano.
No recuerdo más, sólo un dolor agudo que me abría la piel en dos.
Al mismo tiempo que ordené a mi brazo que se estirase y que salvara a la mano, con un pie empujé el cajón cerrándolo con violencia.
Pese a la angustia que comenzaba a enfriarme el sudor de la frente, no grite, me contuve apretando con fuerza la mandíbula. De qué sirve gritar cuando nadie te escucha.
Estaba con ese pensamiento, cuando un nuevo dolor me sobrevino, un dolor machacón y distinto; memoré palabras que ante cualquier dificultad cotidiana me amenazan como un eco ingobernable: padre, deberías dejar la casa y venir a vivir con nosotros.
Ignoré los callejones estrechos de la compasión y emprendí el rumbo hacia el hospital.
No hay duda. Es una mordedura humana.
No hay duda. Es una mordedura humana.
De nuevo, en casa, Tomás, el viejo, con todas las luces encendidas a su paso, se dirigió al último cajón del mueble de cocina. Armado con unos clavos y un martillo comenzó a tapiar el endemoniado cajón con toda la energía que su brazos recordaban.
El estrépito de los clavos sobre la madera acallaba el eco molesto que intentaba persuadirle otra vez.
Distraído del eco y del miedo, sumergido en plena maniobra con el martillo, pensó, y en el cúmulo de reflexiones se cruzó con dos descubrimientos:
Uno, que los cajones últimos son lugares muy peligrosos, y otro, que la soledad tiene dientes.

viernes 17 de abril de 2009

La cama se ha roto en dos. Ha sido por la tormenta. Primero se movió el suelo y al instante oí crujir las maderas del cabecero. Te llevaste las sábanas y sentí frío.
Sé que ahora otra vez es cama y que pretendes abrigarme con tu cuerpo, pero por allí se fue el lado de mi cama y andará perdido como la tabla de un naúfrago. Aún no es hora de levantarme. Ya. Pero si permito que se aleje la mitad de nuestra cama, mañana dormiremos en la mitad del olvido, y si otra tormenta desgarra un nuevo trozo, y me conformo, y así, otra tormenta y otro trozo, una noche la perderemos del todo.
No quieras que duerma en una cama rota. Deja que vaya, que busque en la deriva el lado de mi cama. Pero antes, amor, bésame por si me pierdo.

miércoles 15 de abril de 2009

Una familia de dos padres y una hija llegaron al portal de su vivienda. En ella, otros dos padres con su hija aguardaban a las puertas del ascensor.
El padre de esta segunda familia preguntó a la esposa: ¿te parecen bien estos? La mujer revisó de arriba abajo a la otra mujer. Quizás fuera más joven, pero tenían la misma talla. Entonces, asintió sonriente al marido.
Subieron los seis apretados en el ascensor. La familia primera pulsó el octavo. A la familia segunda le gustó aquello: soleada, buenas vistas. Salieron todos al unísono del ascensor y, en fila, aguardaron a que el padre primero atinara con las llaves. Bien - convino el padre segundo, tras echar una ojeada al interior de la casa-.
Esa noche las niñas durmieron juntas. A la noche siguiente, montaron una cama plegable al lado de la otra cama.
Los cuatro padres se alternaron entre la cama de matrimonio, el sofa y el chaise-longe. Lo normal es que la madre primera y el padre segundo, por ser los más noctámbulos, se vieran privados de la comodidad y amplitud de la cama matrimonial.
El padre segundo se esmeró por aprender con rápidez el oficio de mecánico. En verdad, el jefe del taller vio aumentar las ganancias durante los días pares. El padre primero, en los días pares, se aficionó a la pesca.
Las madres madrugaban juntas. En media jornada dejaban limpia y planchada la mantelería del hotel. El resto de la mañana, la segunda iba de compras o acudía a que le hicieran la manicura francesa; la primera aprovechaba el silencio de la casa para componer sonetos, odas y alguna que otra epístola.
A las niñas le colocaron dos banquetas frente al mismo púpitre. La niña primera era una experta en fracciones y durante todo el curso se agenció que la segunda le hiciera dos tercios de la tarea.
En vísperas de San Juan la familia segunda se despidió, intentando ser inmune al llanto de la primera. Por más que insistieron los unos, los otros tuvieron que marcharse.
Cerca de la playa, una familia de tres había alquilado un bonito apartamento para pasar el verano.

lunes 13 de abril de 2009

Cuando alguien te dé los buenos días, desconfía y huye. Acaba de darte las llaves del infierno, una promesa de rosa con espinas, una roca para cargar sobre tu espalda.
Quien te desea los buenos días no solo te desea uno, sino que encima te acobarda para toda la semana. Así, con su palabra amable, te pide que madruges, que no enseñes las arrugas de tu cara, que no eches tanta azúcar al café, que no duermas la siesta, que des calor al amante, que cambies la tele por un libro. Pide para ti que hoy comiences de cero, que camines derecho, que seas sordo a los rumores a tu paso, que no te pares a contemplar los buenos días de los otros, que no metas en el día días pasados. Te llama a que estreches la mano al enemigo, a que compartas la mesa con tu madre, a que le arregles la cometa a tu sobrino. Te dice que hoy es hoy, no ayer, no mañana. Te apaga el cigarrillo y a las doce, no más, te mete en la cama.
No exagero, ese que te da los buenos días tiene unos buenos días para cada uno, y no sé a ti, pero a mí me empuja a sentarme en esta silla, me coloca el papel y me obliga a seguir practicando hasta que aprenda.

domingo 5 de abril de 2009

De entre las múltiples razones que pueden existir para no andar en los zapatos de otro, sin duda, la de no contraer valpitinianos es la que más me convence. Los valpitinianos, como todo el mundo sabe, no son esa clase de hongos vulgares que patinan por los suelos de gimnasios o piscinas. Ellos ni siquiera son hongos, en verdad, como ya sabéis, no pertenecen a ninguna categoría de animal o vegetal, aunque, está claro que son seres vivos, seres que siempre están vivitos y coleando. Y ese es el problema, su inmortalidad. Puede pasar que la afectada, después de años atiborrándose de antibióticos, de infusiones intragables y de cataplasmas, resulte (más por la edad que por sus consecuencias, pues ya está demostrado que son molestos, pero no letales) que un día muera y que los denominados, coloquialmente, valpitinianos resistan a tal suerte y se mantengan ahí, con sus deditos enganchados en la piel con tanta firmeza que perduren más allá del desconsuelo de familiares. Es más, si alguien sufre por la pérdida, pero sufrir de veras, con lágrimas de emoción, son ellos. Y es que, pese a lo que pican y lo destrozones que son con las plantas de los zapatos, la realidad es que son muy cariñosos, quieren mucho y por eso se hacen querer, y llega un día en el que ya ni que te piquen importa, y si tienes que cambiar cada mes de zapatos casi que no te duele, porque sí, porque ellos están ahí, acompañándote en todos los momentos, con esos ojitos cuadrados tan poblados de pestañas. Lo sé porque la última novia de mi tío Alberto los tuvo (bueno y los tendrá seguro, pero es que a ella, como dejó a mi tío, ya no la veo), y recuerdo muy bien que me los enseñaba cuando coincidíamos en casa de mi tío. Por eso es que los he visto de cerca, y los vi crecer, desarrollarse y emparentarse. Es precioso el apareamiento de los valpitinianos. Tan dulce, tan alocado y alegre, con ese correteo que se traen el uno al otro, desde el talón hasta el dedo meñique, pasando entre las hendiduras de los dedos, bordeándolos como una escalera de caracol hasta llegar al dedo gordo, donde se encuentran por fin para amarse ciegamente. Es cierto que después duran poco juntos, pero eso es una tara genética que poseen, son infieles por naturaleza, o no sé, quizá es que como son todos tan parecidos les pasa eso, que se confunden. Pues si de algo no tengo ninguna duda, y he aquí la mayor verdad de todas las que os he contado, es que estos seres son buenos, buenos de corazón (si es que tienen). Y pensándolo así, desde ese punto de vista, con más sangre que cabeza, tengo que decir que, bien mirado, son gente, o lo que sea que son, con la que una anda siempre bien tranquila y bien acompañada, y algún día espero crecer y calzar un 38 para, si tengo suerte, tropezarme con la ex novia de mi tío en una zapatería, y allí cuando ella cambie por un instante sus zapatos por unos nuevos, colocarme los viejos deprisa y salir corriendo.

viernes 3 de abril de 2009

Llegué a puerto, sí, pero ahora qué. Supongo que he de llevar este blog a mi lado más exhibicionista del alma. Enseñarse un poco. Qué cosas, llaves y más llaves, el portero automático, el ascensor deprisa que no monte al vecino, el buenos días desconfiado, la sexta planta, por fin, el portón blindado. Y ahora aquí, entre muros, haciendo amistad con una pantalla blanca. Vamos - seduce-, déjate querer, suelta por esa boca de dedos inseguros, cuenta, cuenta qué ha pasado afuera, quién lo hizo bien, quién mal. Juez y parte. Observador y observado. Una gran maraña para enredarnos más en nosotros mismos, total, con quién mejor. El ego elevado a su máxima potencia. Un blog. Que sí. Que sí. Di la verdad, un gustazo.